Crónicas de Nólem - Capítulo 1: La defensa de Waerdum
—Pásalo, anda. Siempre te cuesta soltarlo —dijo Edon, pidiéndole a Theynis la boquilla de la pipa de agua. Estaban recostados en el salón principal de su vivienda, sobre cojines de color verde esmeralda, embriagados por el humo de la pipa. Era una casa típica de los elfos del bosque de Waerdum, construida en los árboles más grandes y robustos aprovechando sus huecos y estructura natural.
—Sólo le he dado dos caladas —respondió Theynis sonriendo. Era un elfo del bosque delgado, con los ojos verdes y el pelo largo castaño, a diferencia de Edon, que era rubio.
—No vayan a empezar, tenemos hierba y melaza para fumar hasta la próxima luna —dijo Ewin, que estaba sentada detrás de Theynis haciéndole una trenza. Lucía una melena rojiza que contrastaba con sus ojos celestes.
—Claro, como tú ya fumaste... Te veo muy entretenida y relajada con esa trenza —le replicó Edon riendo, apartando el cabello oscuro sobre la mejilla de Daithen, que estaba acostada en su regazo quedándose dormida.
—¿Quieres el humo de la boquilla o de mi boca? —preguntó Theynis mirando insinuante a Edon que se inclinó para acercarse. Theynis llenó los pulmones de humo y lo soltó mientras besaba a Edon.
—Eh, ¡yo también quiero! —replicó Ewin sujetando la barbilla de Theynis para que la mirara.
Los cuatro compartían un vínculo. Vivían en un pueblo construido sobre las ramas de los árboles. Eran parte del bosque y sus acérrimos defensores. Theynis había sido elegido el portavoz del clan en asamblea por los habitantes del pueblo dos siglos atrás, para que les representara ante los otros clanes élficos de Waerdum. El misticismo se respiraba en el aire y el bosque era tan frondoso que se podía cruzar de una punta a otra saltando de rama en rama sin llegar a tocar el suelo. Los pájaros cantaban y junto a los demás animales mantenían una musicalidad que acompañaba día y noche.
—Escuchen —advirtió Edon incorporándose. El sonido de un cuerno en la lejanía interrumpió el momento íntimo y los cuatro se pusieron en pie.
—¿Qué habrá pasado? —preguntó Daithen cogiendo su vara de afoche; un arbusto endémico de Waerdum.
—Me puedo hacer una idea —respondió Theynis con semblante serio—. Ewin, ¿me alcanzas el arco?
Los cuatro bajaron con rapidez por la rama del árbol. Edon y Daithen aprovecharon sus varas como apoyo para impulsarse y así llegar antes al suelo, donde ya había una docena de elfos esperando alrededor de la hoguera comunal. Sus ropas, armas y adornos estaban elaborados con los recursos que les ofrecía La Madre. Poco después, un centinela apareció de un brinco.
—¿Tú tocaste el cuerno, hermano? —le preguntó Theynis.
—Sí, están atacando el bosque —respondió el elfo recuperando el aliento.
—¿Pudiste verlos?
—No, me advirtió un dradent. Los árboles se comunicaron por las raíces y parece que están al oeste, a menos de diez leguas de aquí.
—Debemos acudir —intervino Ewin.
—Los dradents ya van en camino. Ya han herido a más de un árbol.
—No perdamos el tiempo. ¿Todos tienen sus arcos y sus varas? Daithen, deberías quedarte aquí con algunos para vigilar nuestros hogares —dijo Theynis.
—Vale, yo me quedo —respondió la elfa haciendo una mueca por la resignación.
—Partamos, ¡por La Madre!
Una veintena de elfos corrieron siguiendo al centinela. La magia del bosque les impulsaba. Querían alcanzar a los dradents que ya se dirigían a repeler la agresión a La Madre. Eran árboles humanoides que defendían el bosque desde hace milenios, antes de la llegada de los elfos, y aceptaron su presencia conviviendo y defendiendo juntos el hábitat donde vivían. Theynis se percató de que una manada de ciervos corría junto a ellos sorteando los árboles. «¿Serán conscientes de la gravedad de la situación? Dudo que lo sean. Que continúen viviendo ajenos a ello, en su inocencia», pensó. Alzó la vista observando a los elfos que preferían correr sobre los árboles. Los rayos del sol se filtraban entre las ramas. Uno saltó delante suyo, deslizándose sobre su vara de afoche que igualaba su tamaño sin interrumpir la carrera.
Cuando el bosque comenzó a perder densidad, el canto de los pájaros no era tan fuerte y los árboles estaban más separados entre sí, pudieron divisar a los dradents. Eran inmensos. Unos más altos que otros. Algunos más robustos, con ramas frondosas cubiertas de musgo o secas con pocas hojas. Su movimiento era lento pero lo compensaban con sus zancadas debido a su gran tamaño. Theynis los había contemplado desde hace más de ocho siglos y no dejaban de impresionarle cuando se les unían en batalla.
Los elfos los adelantaron, evitando ser aplastados o caerse por el retumbar de sus pisadas. Cuando llegaron al extremo oeste del bosque pudieron ver con horror cómo tres orcos talaban un árbol centenario. Theynis, con un nudo en el estómago por la escena, sintió que cada hachazo que daban al tronco le hería el alma y dejó de correr. Frunció el ceño por la rabia, se descolgó el arco y apuntó a los agresores de La Madre. Los demás elfos que llevaban arcos se pararon junto a él para atacar desde la distancia, mientras que los que iban armados con las varas continuaban corriendo hacia los orcos. Theynis cogió aire y contuvo la respiración. Parecía que todo se ralentizaba a su alrededor. Los elfos que seguían corriendo parecían no moverse al igual que un petirrojo que volaba frente a él, congelándose en ese momento. Soltó la cuerda del arco clavando la flecha de madera de afoche en el ojo de uno de los orcos. Al soltar el aire todo volvió a la normalidad.
—¡Nos atacan! —gritó uno de los orcos viendo a su compañero caer de rodillas llevándose las manos a la cara. Su piel verde estaba cubierta de sangre y se intentaba sacar la flecha entre alaridos.
El tercer orco hizo aspavientos con los brazos para espantar a los bisontes que tenían atados a un carro donde cargaban trozos de madera y los troncos que habían talado. Sujetó un escudo y el hacha y esperó la carga de los elfos. El orco herido, de rodillas en el suelo, recibió un segundo flechazo en el cuello que lo hizo caer agonizando. Una lágrima corrió por la mejilla de Theynis al comprobar que se trataba de una expedición y ya habían talado unos quince árboles. A lo lejos vio la caravana de carros cargados de madera, tirados por bisontes con orcos a los lados dirigiéndolos. El elfo, con rabia, lanzó otra flecha que fue atajada por el escudo de madera de uno de los orcos que seguían en pie. Al producirse la carga un elfo partió el escudo con su vara, pero recibió un hachazo en el costado que le provocó una herida mortal. En ese mismo instante el orco recibió un flechazo en el pecho y otro en el estómago cayendo malherido. Edon, que corría hacia él, lo remató hundiéndole el cráneo con un golpe seco con la vara. La madera de afoche era tan dura como el acero utilizado por los herreros más prestigiosos de Nólem. El tercer orco se mantenía tras su escudo dando pasos hacia atrás intentando huir, pero los elfos se abalanzaron sobre él. Pudo herir con el hacha a uno de ellos en el brazo, en un ataque desesperado antes de caer sin vida apaleado.
—¡Malditos! —exclamó Theynis sintiendo cómo el retumbar del suelo era cada vez más fuerte por la llegada de los dradents.
—No llegamos a tiempo… —dijo el dradent con voz grave.
—Esta vez no —le respondió Theynis impotente.
Uno de los dradents se acercó al elfo sin vida que yacía en el suelo del bosque, ante la mirada de los demás. Agarró el cuerpo y lo cargó sobre sus brazos formados por ramas robustas. Dos elfos ayudaron al herido a levantarse y le taparon la herida del brazo con un emplasto de hojas de milenrama, machacadas con dos piedras planas que encontraron. Theynis se mantuvo un momento viendo cómo la caravana se perdía en el horizonte, donde terminaba el bosque y empezaban las tierras inhóspitas de Mógtulk; el hogar de los orcos. «La próxima vez llegaremos antes de que corten la primera rama», dijo para sí mismo. Los cadáveres de los tres orcos fueron sepultados por raíces y ramas que surgieron del suelo, pasando a alimentar el ecosistema al que habían agredido. Los elfos y los dradents desaparecieron en la espesura del bosque de Waerdum. Durante el camino de vuelta se mantuvieron en silencio. Los orcos habían atacado a La Madre y un elfo no volvería hoy con su familia. Hasta el canto de los pájaros se había enmudecido.

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